LA LLORONA 馃懟
¡Ay, mis hijos! El llanto, aterrador, fr铆o y alargado, ven铆a del r铆o, como cada noche. El hombre cerr贸 la ventana de golpe, temblando. Le hab铆an contado mil veces la historia: la mujer que ahog贸 a sus hijos por despecho y ahora vagaba sin paz. Pero 茅l no la hab铆a visto, solo la escuchaba. La gente dec铆a que el grito era para asustar. 脡l sab铆a que era un lamento. Y en ese sonido, que se repet铆a sin descanso, entendi贸 que el verdadero terror no era verla, sino saber que ella jam谩s, jam谩s dejar铆a de buscar. El castigo era la madre, no el fantasma.